Wednesday, May 27, 2009

Adivinen donde en Toronto...

Estaba en uno de mis sitios favoritos, de esos que he llegado a reconocer como tal en la ciudad, uno que fue testigo, entre otras cosas que pueden presenciar esos lugares colectivos, de un clamor de vida que meses atrás lanzaron miles de voces al unísono. De un momento a otro, los vi.

Diez, doce círculos concéntricos, cuya distancia entre esos puntos más alejados del centro y el centro mismo no era muy grande, tampoco muy pequeña. Espacio generosamente compartido con un joven adulto que hacia malabares con una pelota, al que hace rato venia observando, en uso de mi derecho a observar. Punto. Pese a que por otra parte, me he acostumbrado a no mirar al otro, a todo otro que no sea mi interlocutor en determinado momento, en esta ciudad en la que el simple acto contrario es considerado como descortés, hasta agresivo.

Empezaron a cruzarse entre mis ojos y el objeto final de mi acto de observación, aquel joven adulto, que mas que ser realizado con el propósito deliberado de mirarlo a el - no era particularmente mi tipo – se constituía en un momento de descanso en medio de la jornada laboral de un día cualquiera. Mi mirada se torno entonces hacia ellos, hacia lo que después descubrí que estaban haciendo. Caminaban a lo largo del borde de cada uno de los círculos, moviéndose alternadamente entre uno y otro, sin ninguna prisa, sonriendo ella, como para sus adentros, con una expresión seria el….

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